Resonaban muy fuerte, aquellas calles estrechas ofrecían su eco al ruido ensordecedor del repicar de las campanas, los adoquines todavía humedecidos por el centro de los callejones, se iban emblanqueciendo por las orillas, y alguna placa de hielo conseguía que los niños rieran de las caídas de los transeúntes.
los olores desafiaban a los paladares a comerse unos dulces recién hechos, olores que salían de los hornos de pan, el azul del cielo se fundía con el blanco de los tejados y a lo lejos parecía como si el cielo vergonzoso se ocultara tras las montañas blancas.
El sol se había se vuelto un viejo gruñón, solía dormir poco siempre se despertaba a primera hora, y sus rayos desde primera hora de la mañana habían conseguido derretir toda la nieve de la plaza mayor, con viejas bufandas, gorros y guantes con agujeros en los dedos, una cuadrilla de niños habían simulado con unas cajas de zapatos unas porterías, y con un balón de cuero jugaban a correr detrás de el, en los bancos de alrededor, los abuelos se liaban sus cigarros, levantaban la vista y los vitoreaban entre risas.
Por los alrededores de la plaza tocaban a misa, y pasaban las familias con sus mejores galas, los hombres con trajes de terciopelo, bastón y sombrero, las mujeres con vestidos largos, los niños con zapatos relucientes, gorros y guantes sin agujeros en los dedos, la madre a estirones conseguía que siguieran andando, en el centro de la plaza no tocaban a misa, como les hubiera gustado haberse llenado esos zapatos relucientes de barro.
Pero Ramón ni jugaba ni iba a misa.
continuara.........
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